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Pruebas

viernes, 25 de octubre de 2013

El último refugio

La autora de La joven de la perla regresa con fuerza de la mano de esta nueva heroína, una mujer que huye de su tierra con los ojos cerrados y aprende a mirar de frente en un mundo que aún desconoce la palabra libertad.
Más allá del horizonte, una tierra repleta de nuevas oportunidades espera. "Siempre puedo volver", va pensando la joven cuáquera Honor Bright. Mientras el barco parte de Bristol hacia tierras americanas, esta idea fija alivia sus dudas y lejos está la sospecha de que nunca verá de nuevo su querida Inglaterra...
Tras una larga y angustiosa travesía en barco, un trágico acontecimiento obliga a Honor a enfrentarse a un mundo extraño y hostil. El Ohio de 1850 es un lugar precario, que no ofrece comodidades ni admite sensiblerías. El sol de verano en los maizales es abrasador, las tormentas de otoño pueden ser devastadoras y en invierno la nieve cae sin misericordia. Las calles están llenas de lodo y escupitajos, y los bosques acogen animales y hombres extraños: por ahí andan mofetas y mapaches, pero también los esclavos fugitivos que cada día pasan por estas tierras en busca de libertad.

Honor pronto aprende que valores como la compasión y la igualdad no tienen cabida en este lugar, marcado aun por el lastre de la esclavitud. Solo la dignidad la mantiene viva y le da fuerzas para seguir adelante por un camino donde no hay espacio ni tiempo para tomar el té de las cinco de la tarde.
La autora de La joven de la perla regresa con fuerza de la mano de esta nueva heroína, una mujer que huye de su tierra con los ojos cerrados y aprende a mirar de frente en un mundo que aún desconoce la palabra libertad.

Horizonte  
No podía volver. Cuando Honor Bright anunció de repente a su familia que acompañaría a su hermana Grace a América, cuando se puso a revisar sus enseres y a guardar únicamente lo imprescindible, cuando regaló todas sus colchas, se despidió de sus tíos y de sus tías, repartió besos entre sus primos, sobrinos y sobrinas, entró en la diligencia que se las llevaría de Bridport y subió del brazo con Grace por la rampa del barco en Bristol, tenía una idea fija: Siempre puedo volver. Sin embargo, bajo esas mudas palabras acechaba la sospecha de que en el momento en que sus pies abandonaran suelo inglés, su vida cambiaría para siempre.
     Al menos la posibilidad de regresar aligeró su vida cotidiana durante las semanas anteriores a su marcha, como la pizca de azúcar que se añade a escondidas a una salsa para moderar la acidez. Le permitió mantener la calma y no llorar como su amiga Biddy cuando Honor le regaló la colcha que acababa de terminar, de retazos en forma de rombos marrones, amarillos y crema que formaban una estrella de Belén de ocho puntas, con arpas y el ribete de plumas por el que se la conocía. La comunidad le había regalado una colcha fi rmada -cada cuadrado estaba hecho y firmado por un amigo o familiar-, y no le quedaba sitio para las dos en el  baúl. La colcha firmada no estaba tan bien acabada como la suya, pero por supuesto tenía que llevársela. «Es mejor que te la quedes tú, para que me recuerdes -insistió cuando su llorosa amiga intentó devolverle la colcha con la estrella de Belén-. Ya haré otras en Ohio.»

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