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Pruebas

lunes, 27 de octubre de 2014

Adiós a Berlín

Christopher, un joven británico, alquila una habitación en la capital alemana e imparte clases de inglés para ganarse la vida. Este trabajo y su curiosidad de escritor en ciernes le llevarán a conocer a personajes de todo tipo y condición, como la rica heredera judía Natalia Landauer, la familia obrera de los Nowak, Otto y Peter, dos jóvenes homosexuales, o Sally Bowles, una jovencita inglesa de clase alta, seductora y extraviada-que inspiró el personaje de Liza Minelli en la célebre película Cabaret-. Adiós a Berlín es una crónica reveladora y emotiva del Berlín de la República de Weimar, decadente y atractivo, sobre el que se cierne la creciente brutalidad del nazismo.  
"Una novela osada y valiente que destrozó etiquetas con su perspicaz reflexión sobre la génesis de un nuevo orden social que asomaba sus orejas de lobo en el horizonte". Antonio Bordón, La Provincia
«Brillantes bocetos de una sociedad en decadencia». George Orwell

«El mejor prosista en lengua inglesa». Gore Vidal

«Deslumbrante. No se me ocurre mejor palabra». Dorothy Parker 
DIARIO DE BERLÍN
(OTOÑO DE 1930)
      Desde mi ventana, la calle aparece profunda, solemne y sólida. Tiendas en sótanos donde los faroles arden todo el día, bajo la sombra de fachadas con balcones demasiado pesados, sucias fachadas de yeso con volutas y símbolos heráldicos grabados en relieve. Todo el barrio es así: calles que conducen a calles con casas semejantes a cajas fuertes desvencijadas y monumentales atestadas de objetos de valor deslucidos y de muebles de segunda mano de una clase media arruinada.
     Soy una cámara con el obturador abierto, totalmente pasiva, que registra sin pensar. Registra al hombre que se afeita en la ventana de enfrente y a la mujer del kimono lavándose el cabello. Algún día, habrá que revelar, hacer copias cuidadosamente y fijar todo esto.
      A las ocho en punto de la noche se cerrarán las puertas de las casas. Los niños están cenando. Las tiendas están cerradas. El rótulo luminoso está encendido sobre el timbre nocturno del pequeño hotel de la esquina, donde se puede alquilar una habitación por horas. Pronto comenzarán los silbidos. Los jóvenes llaman a sus chicas. De pie, ahí abajo, en el frío de la noche silban a las ventanas iluminadas de las cálidas habitaciones donde las camas ya están preparadas para la noche. Quieren que les dejen entrar. Sus llamadas resuenan en el profundo vacío de la calle, lascivas, tristes e íntimas. Por oír esos silbidos no me importa quedarme en casa al anochecer. Me recuerdan que estoy en una ciudad extranjera, solo y lejos de casa. A veces me propongo no escucharlos, cojo un libro e intento leer. Pero sé que pronto sonará una llamada tan desgarradora, tan insistente, tan desesperadamente humana que terminaré por levantarme y mirar furtivamente a través de las persianas para comprobar algo que sé muy bien que no puede ocurrir: que me estén llamando a mí.