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Pruebas

viernes, 8 de mayo de 2015

Pisando ceniza

Las cosas solo suceden a quien sabe contarlas, dice el narrador de este libro. Ese narrador que es un joven librero, dedicado en el Madrid plomizo de los años 70 a vender libros prohibidos en una trastienda de la calle Génova. El mismo narrador que es también el editor del poeta José Bergamín, con quien recorre España a bordo de un descapotable amarillo, a punto siempre de matarse por las curvas de Despeñaperros, siguiendo a un gitano torero que se llamaba Rafael. Y también el narrador que es un niño y luego un joven y luego un hijo pródigo en su pueblo de Burgos, oyendo las historias de los viejos en la taberna, y los recuerdos engarzados de su madre ante la tumba de su hermano.

Ese narrador que pisa el bosque quemado alrededor de la casa de su infancia es Manuel Arroyo-Stephens, librero y editor impar, escritor sentimental hasta donde lo permite la anglofilia, fundador de esta editorial que hoy recoge sus relatos sin saber si son novela o autobiografía, o quizá una historia de España hecha de lecturas, viajes, amigos y recuerdos. 
[Comienzo del libro]
Una tarde de invierno un tipo de aspecto sombrío que había estado merodeando por la librería esperó a que se fueran todos los clientes y se me acercó cuando estaba a punto de decirle que íbamos a cerrar. Llevaba una gran bolsa de plástico en la mano y me dijo con aire misterioso que quería enseñarme algo. Si no me importaba le gustaría hacerlo en la parte de atrás, donde podíamos hablar a solas. Le dije que mejor volviese en otro momento porque era tarde, pero fingió no oírme. Se acercó a la mesa de novedades que teníamos más cerca y sacó de la bolsa un estuche. Contenía varios volúmenes encuadernados en piel. Los desplegó sobre la mesa y se quedó observándome. 
Mire esto, dijo con voz temblorosa. Era la edición en cinco tomos del facsímil de Hora de España. Yo había oído hablar de aquella mítica revista, la mejor quese publicó durante la Guerra Civil. La mencionaban con reverencia los que habían visto algún número suelto, que aparecía de tarde en tarde en las librerías de lance. Si alguien se hacía con un ejemplar lo escondía en su biblioteca y se lo enseñaba a los amigos como un trofeo raro y prohibido. Otros presumían de haberla conocido cuando se publicaba pero hacía años que no la veían. Recordaban a muchos de los colaboradores y su maravilloso diseño gráfico con un gesto expresivo y nostálgico. Yo no había conseguido ver ni siquiera un número suelto.
Deposité el pesado estuche sobre una mesa y hojeé el primer volumen. Nunca había visto nada tan bien diseñado, tan bien impreso, tan bien encuadernado. Ni soñando se hubiera podido en la España que yo conocía hacer algo así. Por no hablar del contenido y de las ilustraciones. Todos los grandes escritores fieles a la República habían colaborado en sus páginas. Por fin lo podía comprobar revisando los índices. Quienes hablaban de la maravilla que era esa revista se habían quedado cortos.